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La adopción, a veces, también duele /del libro «Cuando los niños no vienen de París» (Marga Muñiz Aguilar)

 

Tomado del libro: Cuando los niños no vienen de París

Autora: Marga Muñiz Aguilar

Ediciones Noufront, 2007

Es muy frecuente ver en China a personas que paran por la calle a las familias que pasean con sus hijas recién adoptadas, les sonríen, levantan el pulgar invariablemente dicen: «son afortunadas».

Una vez aquí en España, es también muy frecuente escuchar expresiones como: «a esta niña le ha tocado la lotería», pero, aunque es cierto que la adopción tiene un lado feliz, porque son niños muy deseados y queridos, muy pocas veces, por no decir nunca, se hacen comentarios sobre la pérdida y el dolor que conlleva, porque cuesta entender que pueda haber una parte dolorosa en un acontecimiento tan feliz como es la adopción.

Tanto si se adopta un bebé, como si se trata de un niño mayor, muchas familias creen, erróneamente, que la vida de este niño comienza cuando ellos entran a formar parte de ella, y que el pasado queda atrás. La realidad es que muchos aspectos de sus pérdidas se van a manifestar en sus nuevas familias, sin importar la edad en que fueron adoptados, porque la adopción se inicia a partir de una pérdida, la de la familia biológica.

A las familias adoptivas no les resulta, a veces, fácil reconocer las consecuencias de esas pérdidas porque no son fáciles de ver e identificar y porque la mayoría de los niños no son capaces de elaborar mediante el lenguaje el dolor por esas pérdidas. Pero debemos estar atentos a algunas de las reacciones más frecuentes que provoca: ira, tristeza, resentimiento, hiperactividad, problemas de atención, conductas regresivas, pérdida de apetito, problemas escolares, etc., porque expresar el dolor es un paso hacia su superación.

Es la familia la que debe tomar la iniciativa de hablar de estas pérdidas y el dolor que trae. Poner palabras a sus emociones no siempre resulta fácil, pero los niños que han vivido situaciones traumáticas o no han tenido una vida estable, no han aprendido a identificar sus emociones y los efectos que estas producen.

La tarea de la familia adoptiva es informarse y prepararse para acompañar a sus hijos en su dolor y sus pérdidas. Porque la adopción, a veces también duele. Y no solo a los hijos, sino también a los padres adoptivos. Y también duelo, aunque se habla poco, a la familia de origen, especialmente a la madre biológica.

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