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Artículo: ¿Diagnosticar en el TDA?

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Autora: Gladys Veracoechea Troconis,

Psicóloga infantil

 

NOTA MUY IMPORTANTE: lo normal y natural en un niño es ser inquieto y curioso. Lo normal y natural es un niño es centrar mejor su atención en las cosas que le interesan. Si la idea es tener niños sentados 4-5 horas en la clase, con metodología aburridas tendremos muchos casos de niños medicados. Me refiero en este artículo, y sugiero las terapias pertinentes, para aquellos casos de niños que realmente hay una disfuncionalidad y que merecen ser tratados para favorecer adecuadamente sus procesos de desarrollo.
Durante más de 30 años he tratado niños con diferentes problemas o alteraciones en su desarrollo: autismo, síndrome de Asperger, hiperactividad, bajo rendimiento escolar, déficit de atención, conductas agresivas, diversos problemas emocionales, etc. Lograr cambios en estos niños trae consecuencias positivas no solo para ellos sino también para su entorno familiar ya que mientras mejor se logre su adaptación e integración en el colegio y el hogar, se generarán menos situaciones conflictivas.
Con frecuencia, los padres llegan a consulta haciendo una descripción de la conducta del niño en el hogar o en el colegio, de mayor o menor magnitud pero siempre hay un denominador común y es el aspecto relacionado con su ansiedad o preocupación, por la forma como ese niño interfiere en la dinámica familiar, el rechazo de los hermanos hacia él, las discusiones entre los padres al intentar ponerse de acuerdo en relación al patrón de crianza, la preocupación de los padres por las frecuentes notas negativas por parte del docente, etc.

 

Resulta altamente gratificante cuando posterior a un período de terapia, algún miembro del grupo familiar hace comentarios tales como “ahora sí podemos comer todos juntos”, “ahora mi esposo y yo tenemos tiempo para nosotros”, “por primera vez sentimos que es un verdadero hogar”, etc. o es el mismo niño quien refiere “ya no me regañan tanto”, “ahora mis hermanos juegan conmigo”, etc.
Uno de los motivos de consulta más frecuente en la actualidad es “mi hijo se distrae” o “mi hijo nunca está tranquilo”. Sabemos que el diagnóstico de TDA pareciera estar de moda y los padres de niños inquietos o distraídos llenan las consultas psicológicas buscando soluciones para sus hijos, para que se compruebe o se descarte un diagnóstico de TDA o TDAH ya que el funcionamiento escolar y/o familiar del niño se ve alterado por su conducta.
Cuando hay un diagnóstico de TDA o TDAH el tratamiento que comúnmente se utiliza, el más popular, es el de administrar fármacos tales como el metilfenidato (comercialmente conocido como Ritalin o Ritalina, Concerta, Medikinet, Rubifen) y la atomoxetina (comercialmente conocida como Strattera). También se utilizan antidepresivos, hipertensores, etc. Los profesionales del campo de la salud que consideran que este es el único tratamiento para controlar las conductas típicas del TDA señalan que no se deben utilizar tratamientos alternativos señalando que éstos “no funcionan”. Esta es una afirmación que debe ser revisada. ¿No funciona para quién? ¿Los que medican a los niños en alguna oportunidad han probado con otras alternativas de terapia? ¿Están conscientes de que muchos padres señalan cambios positivos en sus hijos después de hacer modificaciones radicales de dietas, recibir bioterapia o alguna terapia de organización neurológica, visual, auditiva, etc.? ¿Quién dice que las otras terapias no funcionan? ¿Algunos profesionales del campo de la salud o los padres?
Mi propuesta es NO UTILIZAR FÁRMACOS en niños diagnosticados de TDA. El diagnóstico de TDA es muy controvertido, existiendo especialistas muy serios que lo cuestionan como diagnóstico. En la práctica clínica sí se observan niños con mayor tendencia a distraerse o a ser demasiado inquietos lo que interfiere en su ejecución escolar y/o social. ¿Esta es razón suficiente para medicarles? ¿Es esta razón suficiente para etiquetarlos señalando que padecen un trastorno o peor aún, una enfermedad que debe ser controlada con drogas?
¿Cuál es la razón por la cual no se inicia con terapias que brindan una alternativa a la medicación para ayudar a ese niño a controlarse mejor e integrarse de manera más adecuada a su ambiente social y educativo? Da la impresión de que la respuesta a esta pregunta es tabú. Parece que muchas personas no se atreven a hablar abiertamente del tema de la medicación, sencillamente asumen que estos niños deben medicarse sin pensar en riesgos (posibles efectos secundarios) ni en otras opciones que definitivamente son sanas para su salud.

Hay terapias que favorecen aspectos de salud y de organización neurológica en todos los niños, diagnosticados o no de TDA, así como el metilfenidato favorece procesos de atención en todas las personas diagnosticadas o no de TDA. Solo que en el primer caso no hay el riesgo de efectos secundarios que sí existen, o de habituación al uso del fármaco, efectos que sí se producen en muchos niños que son medicados aunque algunos profesionales de la salud insistan en negarlo.

Antes de pensar en medicar a un niño por su inquietud o inatención, hay una serie de factores que deben ser bien analizados y después de introducir los correctivos necesarios como producto de este análisis, se puede observar si hay o no cambio en la conducta del niño.
Cuando se pregunta a los padres de niños con un supuesto TDA cómo es su alimentación, por ejemplo, con frecuencia observamos que o no es balanceada o la ingesta de “chucherías” con aditivos químicos es muy alta, o ingieren muchas grasas saturadas o no duermen bien, o ven televisión en exceso, o los video-juegos son su única herramienta de diversión, o existe una dinámica familiar disfuncional, o el niño está pasando por una situación conflictiva para él, o hay indicadores que sugieren una desorganización en el funcionamiento neurológico que debe ser ampliamente revisada. En otros casos, hay indicadores de una disfuncionalidad visual, auditiva, etc.
Cuando un niño es medicado, se obvia todo lo anterior y sencillamente se le medica para que esté tranquilo o para que atienda más en clase y así no existan quejas o reclamos de los docentes. En este caso se está minimizando el síntoma, pero no se está trabajando el fondo del problema.
He escuchado a muchos psicólogos hacer afirmaciones como: lo importante es hacer un buen diagnóstico, a los niños con TDA siempre es necesario medicarles, hay otros que no son TDA y en esos casos es posible que sí funcionen otras terapias.
Seamos sinceros todos. El diagnóstico de TDA es netamente conductual y basado en la observación directa del niño y su ejecución en pruebas que nos dan un número que nos lleva a una escala que nos dice si esa ejecución está dentro de los límites para ser o no diagnosticado de TDA. Si tiene “x” puntuaciones entonces se diagnostica TDA……si no las tiene, no es TDA. Pero son escalas que en el fondo sirven para diagnosticar «algo» que es un diagnóstico dentro del cual caben infinidad de otros diagnósticos. Sirven para etiquetar a un niño con «algo» que por sí solo no nos dice nada excepto que «necesita medicación». De hecho, si la información para estas escalas las obtenemos por separado de dos personas cercanas al niño (por ejemplo el padre y la madre), con frecuencia vemos resultados diferentes. Como parte de un protocolo el niño es sometido a pruebas neurológicas. Estas evaluaciones sirven para descartar que no exista un componente neurológico que justifique que el niño no atienda o que sea muy hiperactivo. Más nada. LA EVALUACIÓN NEUROLÓGICA NO NOS APORTA INDICADORES PARA UN DIAGNÓSTICO DE ESE «ALGO» LAMADO TDA. Si el equipo de profesionales dice “es TDA” entonces normalmente la propuesta es “hay que medicar”. Y yo me pregunto ¿para qué el diagnóstico? Todos sabemos que es un diagnóstico subjetivo, que por más que muchos psicólogos, neurólogos, pediatras, etc. insistan en que lo importante es hacer un buen diagnóstico todos sabemos que sigue siendo subjetivo. Hasta la fecha, no hay ninguna prueba de laboratorio, ni bioquímica, ni de imágenes, ni electroencefalograma, cuyo resultado sea compatible con un diagnóstico de «algo» a lo que se le ha puesto la etiqueta de TDA.
Considero que el tratamiento en niños que se distraen o son muy inquietos (no importa ponerles o no la etiqueta de TDA, fijémonos en su conducta, busquemos el origen y solucionémoslo), debe ir dirigido a cuatro aspectos:

  1. Explorar el aspecto físico/biológico: alimentación, alergias, patrón de sueño, etc. con la finalidad de introducir los cambios pertinentes
  2. Explorar aspectos familiares/sociales: dinámica familiar, rutinas, normas-límites, tiempo que el niño dedica a televisión y video-juegos, tiempo que dedica a otros juegos y actividades al aire libre, etc. e introducir los cambios pertinentes
  3. Evaluación psicológica con la finalidad de conocer el patrón evolutivo del niño, si existe disfuncionalidad en algún área de su desarrollo y descartar la presencia de alguna alteración (Ej: autismo, Asperger, dificultad específica en el aprendizaje, problemas emocionales, etc.). Esta evaluación debe ser realizada por un psicólogo infantil experimentado que esté en capacidad de detectar por ejemplo, los indicadores de problemas de visión, o auditivos, o la presencia de reflejos primitivos activados, etc.
  4. Tratamientos: médico (bioterapia: aminoácidos, vitaminas, omega 3), psicológico y/o psicopedagógico o cualquier otro tipo de terapia, por ejemplo: con terapeuta ocupacional especializado en integración sensorial, terapias de organización neurológica, etc., terapias visuales o auditivas, etc.

 

Exista o no exista el diagnóstico previo de TDA, ESTE TRATAMIENTO FUNCIONA, porque sobre la base de ese diagnóstico descriptivo de la individualidad de cada niño, ese diagnóstico que va en la búsqueda del porqué ese niño es muy inquieto o distraído es que se van a sugerir las terapias pertinentes. No hay un tratamiento único para los niños que se distraen como tampoco hay un tratamiento único para las enfermedades físicas.  Entonces ¿qué importa que le pongamos al niño la etiqueta de TDA? ¿Cuál es el interés en dar un diagnóstico de TDA? Pareciera ser que dar el diagnóstico justifica la medicación y todos sabemos que en la actualidad hay millones de niños, adolescentes y adultos que reciben fármacos para el déficit de atención lo cual se ha convertido en un multimillonario negocio para la industria farmacéutica.

La mayoría de las investigaciones que favorecen el uso de fármacos para el TDA y la mayoría de los congresos sobre TDA son promovidos y pagados por la industria farmacéutica. Creamos en los resultados de las investigaciones de los institutos adscritos a las universidades, por ejemplo, lástima que sea tan difícil desde el punto de vista económico enfrentar el marketing de las farmacéuticas.

Lo que sí es importante a nivel de diagnóstico, es establecer la diferencia cuando un niño presenta otros indicadores de que existe una alteración en su desarrollo como es el caso del autismo, Asperger, síndrome de Tourette o cualquier otro que deba ser tratado de una forma diferente. Esto corresponde al psicólogo quien evidentemente debe tener una adecuada formación no solo psicológica, sino también debe ser conocedor de algunos aspectos médicos/clínicos que le permitan asumir que un niño puede tener por ejemplo un desnivel tiroideo, o que sus distracciones no son tal sino “abstracciones” (lo cual tiene un base neurológica), etc.

A medida que estudio más sobre el TDA, le resto más importancia a un diagnóstico de este tipo. Cada vez creo más en la necesidad de trabajar con los niños estudiando muy bien su sintomatología (aquellas conductas que pudieran ser indicador de que algo no está funcionando bien en sus procesos de desarrollo o en sus procesos emocionales), buscar el origen de la misma y trabajar conjuntamente con los padres, los docentes y otros profesionales del campo de la salud para lograr que ese niño se integre mejor, se desarrolle adecuadamente y sea feliz. Basta de drogarlos.

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